
Desde el 2017, las normas de rendimiento de las ambulancias de Inglaterra operan en 4 categorías. En la primera, donde se enmarcan casos en los que la vida de una persona está en riesgo, los cuerpos de emergencia no deberían tardar más de 7 minutos en llegar, mientras que su arribo no debería sobrepasar los 15 minutos en el 90% de las llamadas.
Esta tarde, en el Fraccionamiento Villa Sur, justo afuera del coto Villa Palermo en Nochebuena 82, fui testigo de una posible tragedia que hubiera sido muy difícil olvidar. Dos jóvenes hermanos que estaban cerca de su trabajo en una obra, Willy y Leslie, apenas adolescentes o al menos lo suficientemente jóvenes para aparentarlo, enfrentaron un infortunio que casi les cuesta la vida. En su motocicleta, perdieron el control y cayeron pesadamente al asfalto. Leslie, con el rostro ensangrentado, había perdido gran parte de su dentadura, mientras que Willy yacía semi consciente en un charco de sangre, con un hematoma gigante en el ojo.
De inmediato, guardias de seguridad y vecinos acudieron en su auxilio, movidos por compasión y miedo. Se apresuraron a cubrirlos del sol abrasador y a llamar a una ambulancia desde varios celulares, conscientes de la habitual tardanza y deficiencia de los cuerpos de emergencia en nuestra ciudad.
El padre de los hermanos llegó antes que la ambulancia, con Willy en brazos, sus ojos reflejaban desesperación y dolor. Pasaron más de 30 largos minutos desde la primera llamada antes de que llegara la ayuda. Mientras tanto, como otros vecinos, intenté ayudar desde mi pequeña trinchera, ofreciendo un poco de aire con el parasol de mi vehículo y llamando al 911 una y otra vez, solo para ser recibido por un buzón de espera exasperante. Pasaron más de 11 minutos sin respuesta, una eternidad cuando cada segundo cuenta.
Este suceso reitera una dolorosa realidad: nuestro sistema de emergencias está fallando. En situaciones críticas, la rapidez es vital, y hoy quedó claro que la demora puede ser mortal. Lo que les sucedió a Willy y Leslie podría pasarle a cualquiera, en cualquier momento. La vida es impredecible y frágil, y todos merecemos un sistema de emergencia que esté a la altura de las circunstancias.
Hoy, en Villa Sur, así como tantas personas a diario, fuimos testigos del riesgo de un sistema agrietado. No podemos quedarnos de brazos cruzados. Es imperativo que las autoridades revisen y mejoren los protocolos de atención de emergencias para que ninguna otra familia tenga que enfrentar la desesperación y el dolor que presenciamos en dos jóvenes hermanos con la vida por delante y un padre angustido. Los ciudadanos de Aguascalientes merecemos un servicio de emergencia eficiente y eficaz, que responda con la rapidez y profesionalismo necesarios.
Esta experiencia, como tantas otras y con tantos nombres es un llamado urgente. Las vidas de nuestros seres queridos dependen de ello.